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lunes, 28 de enero de 2013

Luchino Visconti


Nos volvemos de nuevo cara el neorrealismo italiano para repasar otra de sus figuras relevantes, y es que con la obra de Visconti no solo analizamos una pieza clave de este movimiento, sino el legado de uno de los directores más grandes de cine europeo.

De origen aristocrático, Visconti comenzó a formarse y a tomar conciencia del cine como un instrumento que iba más allá que el mero hecho de relatar historias en Francia. En el país vecino de mano de un maestro como Renoir entró en contacto con realismo poético, movimiento que claramente le influenció y que inmediatamente intentó trasladar a su obra.

Su debut tras la cámara llegó en plena segunda guerra mundial y no podría tener más éxito pues con ”Obsesión” (1942), una precisa adaptación de la novela de Cain “El cartero siempre llama dos veces” (que pese a ser prohibida por el régimen fascista), acuña un nuevo movimiento denominado neorrealismo, que supondría todo un acontecimiento para el cine de postguerra.


El movimiento pronto ganó nuevos adeptos como Fellini, De Sica o Rossellini, sin embargo a Visconti siempre le quedará el honor de haber sido el impulsor de este movimiento artístico que tanto se arraigó en el mundo del cine tras sufrir una difícil época. El caso es que Visconti prosiguió con su trabajo, siempre vinculado a ese cine de marcado carácter social, como bien apreciamos en sus dos siguientes obras. En “La tierra tiembla” (1948) y “Bellísima” (1951) Visconti retaza a la perfección la opresión de un pueblo sumido en la pobreza de devastación posterior a una guerra; una etapa de cambio y sobre todo de muchos esfuerzo y trabajo.


Su siguiente obra destacable, “Senso” (1954), es un retrato de la aristocracia que el bien conocía de cuna. En este caso nos muestra la Italia de finales de XIX, una Italia convulsa e inmiscuida de lleno en guerras por delimitar su frontera, pero una Italia a la vez guardiana de bellas ciudades como marco de historias de amor como de la que se ocupa en la misma.


Tras “Senso” llegan lo que a priori serán sus obras más recordadas junto a “Obsesión”. Primeramente con la aclamada “Rocco y sus hermanos” (1960), una de las obras cumbre del cine italiano y en donde, volviendo de nuevo a sus inicios neorrealistas, Visconti nos muestra la difícil adaptación al medio de las familias italianas de postguerra, en este caso representadas por una viuda con cinco hijos, cada uno de los cueles intentará enfrentarse a su porvenir de la mejor forma posible.


Su otra gran obra es el retrato de la aristocracia por excelencia. “El gatopardo” (1963), basada en la
famosa novela de Lampedusa, refleja como ninguna otra la decadencia de la aristocracia. Una aristocracia, otrora poderoso eje en el engranaje de la sociedad italiana de los últimos siglos, que ve como paulatinamente su poder se debilita hasta el punto de vivir en lúgubres y vacías mansiones alimentando su dañado ego de recuerdos de tiempos mejores. Todo un bello retrato lleno de inolvidables interpretaciones y de fastuosos decorados. Sin duda uno de los mejores legado del director italiano.


Lejos de regodearse con su creciente éxito, Visconti sigue rodando fiel a sus ideas sociales y así aparecen pues nuevos ejemplo como “El extranjero” (1967) o “La caída de los dioses” (1969), como una clara crítica al nazismo y a los gobiernos dictatoriales que tan de cerca le tocó vivir en los pasados años del fascismo italiano.


Su última gran obra sería “Muerte en Venecia” (1971), en la cual, apoyado en un gran Dirk Bogarde, retrata la decadencia humana como contraposición a la belleza efímera, en este ceso representada por un angelical adolescente, que convierte el retiro del protagonista en un tormento de sentimientos que agitan aun más su convulsa mente.


Su obra finaliza en los setenta con nuevos retratos de la realeza como en la exhaustiva composición de la vida de Luís II de Baviera en la obra homónima de 1972 o con un bello retrato de la Toscana de siglo XIX en una bella historia de amor relatada en “El inocente” (1976). El caso es que ese mismo años Visconti fallecía prematuramente antes de cumplir los setenta años en su casa de Roma. Una muerte que probablemente nos halla privado de alguna de tantas y tantas obras que le genio del neorrealismo tenia en mente. Lo que si es cierto es que a lo largo de más de treinta años de trabajo, Visconti nos ha hechos disfrutar de títulos claves no solo del movimiento neorrealista, sino del cine en general.  

martes, 18 de septiembre de 2012

Federico Fellini



Federico Fellini resulta una de las cabezas más visibles del neorrealismo italiano, uno de los movimientos que introdujo aire fresco en un cine que tras la segunda guerra mundial parecía estancado. Llevó su carrera a lo más alto y tras casi cuarenta años de trabajo es considerado como uno de los grandes directores de todos los tiempos y el gran alma mater de una generación irrepetible de directores que supieron cambiar y adaptar los oxidados parámetros de un cine cada vez menos efectista.

Hablar de Fellini es hablar del neorrealismo italiano, importante corriente de carácter social surgida en la Italia de postguerra. Director y guionista, sus primeros trabajos ya se ven claramente influenciados por un movimiento que no estaba sino acabando de nacer y así en “Luces de varieté” (1952), “El jeque blanco” (1952), “Amor en la ciudad” (1953), proyecto junto a una serie de directores italianos o “Los inútiles” (1953) su obra de mayor importancia en estos primeros años.


Su espaldarazo definitivo vino en 1954 con el estreno de “La strada” impresionante obra social y una de sus obras cumbres con la que entra en el cine norteamericano alzándose con la estatuilla a mejor película de habla no inglesa de la mano de un consagrado Anthony Quinn y la que será su esposa y fiel compañera tanto delante como detrás de la cámara Giulietta Masina.


Tras otra muestra de amor a su siempre querida Roma con “Almas sin conciencia” (1955) llega la hora de otra de sus grandes películas con “Las noches de Cabiria” (1957) nos muestra los bajos fondos de roma a través de la historia de una prostituta de buen corazón interpretada magistralmente de nuevo por Masina en uno de sus papeles más reconocidos y premiados. Fellini se supera a si mismo y logra la segunda estatuilla a mejor filme de habla no inglesa.


Con la llegada de 1960 llega “La dolce vita” su obra más personal hasta el momento en  donde muestra de nuevo la gran belleza de la ciudad eterna en tomas tan impactantes como la ya mítica escena de la fontana di Trevi y el baño nocturno de Mastroianni inducido por la voluptuosa Anita Ekberg. La película logra grandes reconocimientos como la palma de oro en Cannes.


Mientras adaptaba a grandes clásicos junto a otros reconocidos directores como en "Bocaccio ´70" o en “Historias extraordinarias” (sobre relatos de Poe) su gran capacidad creativa se saca de la chistera dos nuevas obras maestras consagrando la década de los sesenta como una de la más productivas y exitosas del director. Es el caso de “Fellini, 8 ½” (1963), especie de autobiografía onírica y surrealista de los recuerdos de la vida del director con la que logra su tercer Oscar como mejor película de habla no inglesa y “Giuletta de los espíritus” (1965) todo un homenaje y tributo a la que era por aquel entonces su auténtica alma gemela, una Giuletta Masina que se consagraba cada vez más con lo papeles que le atribuía su marido


“Satiricon” (1969) pasa por ser una de sus obras más controvertidas. Una particular y controvertida versión de este clásico de la literatura universal que a buen seguro no ha de dejar a nadie indiferente y con la que incluso optó al Oscar a mejor director.


Tras una pequeña aportación para televisión con el documental “Los clowns” (1970). Fellini rinde tributo a la ciudad eterna en uno de los mejores retratos que nadie haya hecho para el cine de Roma. Para muestra la impresionante apertura aérea de “Roma” en donde se muestra al detalle la belleza de una de las ciudades más hermosas del mundo. Un impresionante recorrido de ensueño por los entresijos de una ciudad que fascinó en vida a Fellini.


“Amarcord” en 1973 no solo supondría un nueva retrospectiva de su vida (esta vez evocando su infancia en Rimini) que complementaría la más personal 8 ½ sino le otorgaría la posibilidad de colocar de nuevo a su película en lo más alto y alzarse por cuarta vez con el Oscar a mejor filme de habla no inglesa un hecho al alcance de muy pocos directores y que Fellini conseguía tan solo con cincuenta y tres años ya en plena madurez productiva.


Tras el fulgurante éxito de Amarcord le llegó el turno a dos filmes de temática similar: “Casanova” (1976) toda una especial revisión del mítico amante genialmente trazada por Fellini y a su vez interpretada por Donald Sutherland  y “La ciudad de las mujeres” (1979) relato de un soñador y sus distintas relaciones con el sector femenino.


Sus siguientes películas ya distan lo suyo de los inicios neorrealistas de Fellini, obras hermosas pero de carácter más introspectivo como “Ensayo de una orquesta” (1979) o “Y la nave va…” (1983) así lo demuestran. Su mayor éxito de esta última etapa viene con la nostálgica “Ginger y Fred” (1985), todo un tributo al esplendor del pasado visto con mucho cariño desde la distancia que da el paso de los años.


Su despedida del mundo del cine, si obviemos el experimento de cine dentro de cine de “Entrevista” (1987) fue en 1990 solo tres años antes de su muerte con la particular “La voz de la luna” un filme que el mismo acuñó de insólito y que adaptaba “Poemas de un lunático” de Cavazzoni y a través del cual se despedía sin ni siquiera saberlo uno de los directores mas importantes e innovadores de toda la historia del cine


miércoles, 7 de marzo de 2012

Ingrid Bergman


Ingrid Bergman se convirtió con el paso del tiempo en una de las mejores importaciones del cine de Hollywood. Su melena rubia y su dulce mirada llenaron de glamour las películas norteamericanas de los cuarenta y cincuenta, fue una de las primeras rubias fetiche del gran Hitchcock, colaboró con todos los galanes de Hollywood, triunfó en Europa de mano de un grande como Rosellini, es la segunda actriz más laureada de Oscar, igualada con Meryl Streep y solo igualada por Kate Hepburn y además recientes estudios la valoran como la cuarta actriz más valorada de toda la historia de Hollywood (tras la propia Kate Hepburn, Bette Davis y Audrey Hepburn). Completa y versátil vida para una muchacha que con poc más de veinte años emigraba a América con un puñado de películas suecas en su filmografía a abrirse un hueco en el difícil mundo del estrellato hollywoodiense.

Ingrid Bergman nacía en Estocolmo en plena gran guerra. Su infancia es difícil a penas conoce a su madre, su padre muere cunado ella contaba poco más de diez años y sus tutora sigue el mismo camino solo seis meses después de hacerse cargo de la niña. Difícil tesitura en la que se ve involucrada la joven Ingrid, condición que sin duda la fortalecería de cara los años venideros.


Desde muy pequeña tenía claro que su dedicación iba a estar encaminada hacia el mundo de la interpretación, así ya muy joven se matricula en el Royal Dramatic Theater de Estocolmo a fin de estudiar interpretación. Todo ello unido a su dulce rostro le da la oportunidad de ir apareciendo poco a poco en un puñado de películas en su país natal, que se hallaba en una de sus épocas doradas de su filmografía por aquel entonces. De esta época destaca “Intermezzo” (1936) de Gustaf Molander que sería su espaldarazo definitivo para su salto a América (precisamente para rodar el remake americano de la película en 1939).


Sin embargo Ingrid no cruzaría el charco de paso, sino con el objetivo de afianzarse en una de las industrias cinematográficas más difíciles y para ello sus siguientes trabajos serían claves para afianzar su éxito como “Alma en la sombra” (1941) de W. S. Van Dyke o “El extraño caso del Dr. Jekyll” (1941) de Victor Fleming, acompañando a un actor consolidado como Spencer Tracy, pero sin duda su gran primer papel protagonista es el Ilsa Lazslo enamorando hasta las trancas a Rick Blane en la inolvidables “Casablanca” (1942) de Michael Curtiz.


Con “Casablanca” no llegó el Oscar, pero si la fama. El rotundo éxito de la película le da la oportunidad de rodar un sinfín de proyectos. Los grandes directores se la rifaban y la carrera de Ingrid comenzaría crecer sin parar. “Por quién doblan las campanas” (1943) de Sam Wood, según relato bélico de Hemingway sobre la guerra civil española y “Luz que agoniza” (1943) de George Cukor (por la que logra su primer Oscar) así lo atestiguan.


Quien toma buena nota de la actriz de moda en Hollywood, sobre todo por su buen papel en el thriller "Luz que agoniza" no es otro que el mago del suspense, llegado también hace poco a Hollywood de mano de Selznick, así en los años venideros actúa de manera casi consecutiva en “Recuerda” (1945), ayudando a un atormentado Gregory Peck, “Encadenados” (1946), uno de los títulos claves no solo de la actriz sino del director británico y “Atormentada” (1949).



Los cincuenta suponen para Ingrid Bergman un punto de rotura con Hollywood y paso aunque en principio así no lo pareciese otro nuevo paso adelante en su carrera. En 1950, rodando “Stromboli, tierra de Dios” conoce a Rosellini, se enamoran e inician una relación juntos. Hollywood no perdona que una felizmente casada Ingrid Bergman se enamora de un bohemio director italiano y eche por la borda años de matrimonio. Ingrid se muda a Europa.


De mano de Rosellini rueda nuevos títulos capitales en su carrera, a la ya citada “Stromboli, tierra de Dios” hay que añadirle cuatro títulos más rodados con su nueva pareja. Dos de ellos de gran trascendencia e importancia: “Europa 1951” (1952) y “Te querré siempre” (1954).


Ingrid intuía poco factible el retorno a Hollywood así que enfoca su carrera a rodar por Europa. Italia, Alemania, Francia y el Reino Unido parecen sus destinos, para esta polifacética actriz que llega a rodar en cicno lenguas a lo largo de su carrera (inglés, francés, italiano, sueco y alemán) hasta que en 1956 interpreta a la princesa Anastasia en la película homónima de Anatole Litvak y Hollywood no solo la nomina a Oscar sino que se lo otorga por que, por otra parte, es una interpretación excelente. La reconciliación por lo tanto estaba servida.


Los posteriores años viene marcados por trabajos a ambos lados del Atlántico, pero sin duda lo más destacable es otra fructífera colaboración, en este caso con el mejor director sueco de todos los tiempos: Ingmar Bergman. De este binomio surge la excelente “Sonata de otoño” (1978) que le otorga a la actriz una nueva nominación a los Oscar.


De sus años maduros también resulta obligado rescatar la obra coral basada en el famoso relato de Agatha Christie “Asesinato en el Orient Express” (1974) de Sidney Lumet por el que logra su tercera estatuilla a mejor actriz, en este caso de reparto o “Nina” (1976) de Vicente Minelli en la que curiosamente se la puede ver junto a su hija Isabella Rosellini.


Tras lidiar con una larga enfermedad Ingrid finalmente en fallecía en Londres, su ciudad adoptiva, el día que precisamente cumplía 67 años. Con ella se cerraba una de las carreras más gloriosas en el universo cinematográfico compaginando a la perfección la superproducciones de Hollywood que le dieron fama mundial con el cine Europeo muchos más comprometido e independiente.

miércoles, 18 de enero de 2012

Sophia Loren


Sophía Loren es a día de hoy una de las pocas muestras vivas de la fastuosidad pasada de Hollywood, auque lejos de los grandes años de las mayors, Sophía Loren pasó a formar parte del estrellato americano allá a finales de los años cincuenta gracias a su físico espectacular, su buen hacer en el cine italiano y la inestimable ayuda de su marido el productor Carlo Ponti.

Pese a nacer en Roma, Sofía Villani Scicolone (su verdadero nombre), crece cerca de Nápoles, lo que hace que ella se considere orgullosa como una napolitana más y su vez desarrolle ese desparpajo y esa pasión tan características de la zona, que tan bien supo desarrollar en sus películas.

Su carrera comienza pronto. Un vez pasada su adolescencia, su curvilínea figura (que más tarde el cine acuñaría como maggiorata, junto a sus compatriotas Lollobrigida o Mangano, orgullosas de lucir sus curvas) pronto le abre las puertas para trabajar como modelo. Tras ganar varios certámenes de belleza (entre los que destaca su puesto de finalista en Miss Italia) comienza trabajar como modelo de fotografía y fotonovelas, de ahí pasa a extra de cine y el productor Carlo Ponti se fija en su descomunal belleza y su gran potencial como actriz y decide apostar por ella, no solo como una futura actriz sino incluso como su mujer.

Tras una serie de peplums, muy de moda en la Italia de aquella época, que le sirvieron para lucir figura en dentro de minúsculas túnicas comienza a adquirir prestigio en Italia con intervenciones como “Juzgado a la italiana” (1954) de Steno, “La ladrona, su padre y el taxista” (1954) de Alessandro Blasetti y sobre todo “Pan, amor, y…” (1955) de Dino Risi. En ese momento Ponti decide que el momento de que Sophia debute en Hollywood había llegado.



Su debut viene de la mano de Henry Hathaway en “Arenas de muerte” (1957) y como pareja de una estrella tan consolidada como John Wayne. Pese a no ser uno de los títulos punteros en su carrera le da la oportunidad de darse conocer y conseguir interesantes propuestas.


Los siguientes años son cruciales para Sophia, rueda a un ritmo frenético y consigue aparecer en grandes títulos de la época como la monumental “Orgullo y pasión” (1957) de Stanley Kramer sobre la guerra de la independencia y rodada en España, “Cintia” (1958) de Melville Shavelson, una comedia romántica con Cary Grant, o como bella cabaretera en el western “El pistolero de Cheyenne” (1959) de George Cukor.


Su gran momento llega en 1960 con el Oscar a mejor actriz, hasta ahora el único de su carrera (si exceptuamos el honorífico de 1991) y curiosamente en una película italiana: la desgarradora “Dos mujeres” de Vittorio de Sica, ambientada en la Segunda Guerra mundial y en la que representa a la auténtica madre coraje, sacando con ello lo mejor de su repertorio.


Los sesenta van a suponer un alternancia a la hora de rodar en Italia o fuera de ella. Dentro de su país rueda títulos interesantes como el experimento “Bocaccio ´70” (1962), concepto creado por cuatro directores punteros de la Italia de la época (Fellini, Monocelli, De Sica y Visconti), una de las películas más célebres del cine italiano “Matrimonio a la italiana” (1963) de Vittorio De Sica, de junto a Mastroianni. Fuera de Italia es la Doña Jimena de “El cid” (1961) de Anthony Mann (con quien repite en 1964 con “La caída del imperio romano”) o participa en lo que sería la última película de Charles Chaplin “La condesa de Hong Kong” (1967).



Los setenta son el comienzo de su declive, en cuanto a aparecer en películas se trata. Sigue alternando entre Italia y América, pero ya pocos títulos destacables aparecen en esta década: “Los girasoles” (1970) de Visconti, “El viaje” (1972) de De Sica o “El puente de Cassandra” (1976) de Cosmatos.


Desde entonces las apariciones de Sophia son esporádicas, a parte de esperadas como agua de mayo. De sobra es conocida su aparición en los noventa en “Pret a Porter” (1994) de Robert Altman y esperada y aclamada su reciente y estelar aportación en “Nine” (2009) de Rob Marshall, hasta ahora su última aparición en la gran pantalla.



Por lo tanto un merecido post que reconoce la valía de la para muchos mejor actriz italiana de todos los tiempos. Lo que es indudable es la trascendencia que la figura de Sophia Loren trajo para el cine del país transalpino en una época en que parecía adormecido frente a la gran expansión de cine americano y la frescura del cine francés.